Las madres que los parió
El Día de la Madre. Una fecha que se celebra, se festeja… y a veces, duele. Su origen moderno se remonta a 1908, en Estados Unidos, cuando Anna Jarvis organizó la primera conmemoración en honor a su madre. En 1914 se declaró oficialmente el Mother’s Day y, desde entonces, cada país lo adaptó a su historia. En Argentina, se celebra el tercer domingo de octubre.
Y yo me pregunto:
¿Cómo se escribe sobre un día así, cuando no todas las historias de madres son de amor?
Ese día que debería celebrar el origen de la vida, el primer refugio —ese vientre que contiene—, me recuerda que no todos nacemos con un abrazo seguro. ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Es elección, destino, capricho del universo? Quizás fui yo quien eligió este desafío desde algún rincón invisible del mundo.
Aquí estoy: hija de mis padres, madre de mis padres, caminante de una historia áspera y, a la vez, profundamente humana.
Hoy hablo de mi madre.
No hubiera sido honesta si lo hubiera hecho cuando ella aún vivía.
Siempre escribí solo para mí, en silencio. Eso me dio tiempo de llorar, procesar y sanar.
Aunque hoy daría lo que fuera por compartirlo con ella.
Crecí odiándola. Sí, odiándola.
Y eso me confundía mucho: se supone que a las madres se las ama.
Yo la culpé de todo: de mis heridas, mis angustias, mis fracasos.
Ella… y detrás de ella, un padre ausente. Lloré tanto mi vida errada —rodeada de adicciones, pastillas y alcohol— que la falta de amor se incrustó en mi pecho como un ancla imposible de arrancar.
La niña triste y sola que fui sigue habitando en mí. Claro que sí, porque siempre soy la misma a pesar de mis constantes transformaciones personales.
Construí una cárcel de dolor y rabia, y allí me encerré. Solo escapaba en destellos de felicidad: en los libros, en la casa de mi abuela, en la escuela.
Volver a mi hogar era caer del cielo al infierno. Sí, justo al revés de lo normal. Me enojaba: con Dios, con la vida, con cualquiera.
Siempre la misma pregunta me consumía: ¿Por qué a mí? ¿Por qué justo yo era esa una en un millón que no tenía una comida en la mesa, una sábana limpia? Solo quería ser normal, tener una vida normal.
Cuando terminé la secundaria, huí.
Pero no dejé nada atrás. El dolor viajó conmigo. Mis demonios siempre encontraban lugar en mi equipaje.
¿Por qué recordar todo esto hoy?
Porque ser madre no es un título que otorga la biología.
Ser madre es un acto humano y universal: amar, abrazar, sostener, acompañar, estar. A los niños hay que amarlos y cuidarlos.
Pero no siempre sabemos cómo hacerlo, no siempre comprendemos el verdadero y simple camino del amor.
Me costó años entenderlo y perdonar. Porque claro, no hay una clase operativa sobre cómo hacerlo.
Lo importante es no quedarse encerrado en esa prisión de dolor y rabia.
Hay que abrir la puerta y salir, buscar, siempre con un común denominador: el amor.
Les juro que es el camino. Hoy puedo mirar atrás y reconocer mi recompensa: mi familia, mi refugio, mi luz.
¿Valió la pena?
No, claro que no. Nadie debería atravesar un infierno para merecer el paraíso. Pero a mí me tocó así, y crecí torcida, llena de resentimientos, enojos y odio. Y, sin embargo, aquí estoy: con mis hijos, mi esposo, mi propia familia. Feliz. Nunca bajé los brazos; siempre busqué ayuda…
Y ahora la tengo.
Cuando tuve a mis hijos, me prometí amarlos con todo mi ser. Y eso hice, y hago. Fue entonces cuando conocí el amor de madre: siendo madre.
Claro que eso expuso a la mía, y otra vez, enojada, le reclamé, renegué de ella. Y, a pesar de todo, mis hijos fueron mis ángeles, mi cura. El hilo invisible que nos volvió a unir.
Pero también me enfrentaron a la herida más profunda:
¿Por qué mi madre no me amó como yo los amaba a ellos? Con el tiempo, gracias a ellos, me acerqué nuevamente a ella.
Fue triste, difícil… Y entonces la miré a los ojos —esos ojos verdes, tan hermosos— buscando respuestas. Claro que era ella y solo ella la que tenía todas las respuestas que yo necesitaba.
Allí encontré sus propios demonios, y poco a poco entendí que ella también hizo lo que pudo; que me amó a su manera, que no pudo con ella misma, que sus demonios la abrazaron y no la dejaron.
Todo eso, ella misma lo contará, en mi voz, en una novela que tal vez publique algún día.
Nos abrazamos antes de su partida. Tuve a mi madre siendo adulta, y fue hermoso. Sí, sanamos juntas.
Hoy abrazo a la niña triste que aún habita en mí y le digo:
Ya no estás sola.
Podés descansar.
Todo está bien.
Te dejo un regalo: un poema, una oración, un hilo de palabras que ha acompañado a muchas personas en distintos momentos de la vida —desde Mandela hasta mí misma—. Este mismo texto inspiró el nombre de mi novela La Capitana, y lo comparto en el prólogo del libro.
INVICTUS
Poema de William Ernest HENLEY “Invictus” es un poema escrito por el poeta inglés William Ernest HENLEY (1849-1903) en 1875, y fue publicado por primera vez en 1888 como parte de su colección «Libro de Versos».
Henley escribió el poema cuando era muy joven, inspirado por su experiencia personal de sufrir una enfermedad crónica que le llevó a la amputación de una pierna y largos periodos en el hospital. El poema, que simboliza la fuerza y la resiliencia ante la adversidad y fue utilizado por Nelson Mandela para aliviar los años de su encarcelamiento por el apartheid. Por eso también se la menciona en la película de 2009 Invictus.
Léelo en vos alta por favor.
INVICTUS
En la noche que me envuelve,
Negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.
En las garras de las circunstancias
No he gemido ni llorado.
Ante las puñaladas del azar
Si bien he sangrado, jamás me he postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
No obstante la amenaza de los años me halla,
y me hallará, sin temor.
Ya no importa cuán recto haya sido el camino,
Ni cuantos castigos lleve a la espalda:
Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.
En este mes y pensando en las madres del mundo, en mi Club de Lectura LA COFRADÍA de GRACIELA, vamos a leer el libro EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES de Tatiana Tibuleac
Te invito a sumarte.


Claudia Zurueta
Hermosoo.Sanador , Mucho por aprender, y en mi caso mucho por agradecer.
Somos nosotras las q cortamos y somos nosotras las que esperamos con el plato de comida.
Y si, el ” Amor” salva.
Aún sabiendo que hicieron lo q pudieron y que tomaron decisiones equivocadas.
Lo bueno? Lo pudimos corregir, encauzar, y no repetir historias de mierda.